Hoy hace 70 años del final de la guerra civil española, cuando todas las esperanzas surgidas con el triunfo de la II Republica, llegaban a su fin. Fueron tres años de guerra entre hermanos, del levantamiento de un ejercito opresor contra una joven democracia que si no perfecta, si representaba los valores de modernidad que España necesitaba.

Sin entrar en juicios de valor sobre la importancia de la contienda, y sin generalizar sobre buenos y malos, el pueblo fue la victima principal de la contienda. Se perdió gran parte de nuestro patrimonio y la dignidad de todo el país por más de cuarenta años, hasta que la democracia volvió a estar representada por el parlamento.

Así decía el último parte de guerra firmado por el supuesto caudillo, elegido por dios para encauzar España a su destino imperial: En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado“,

Empezaban años de clandestinidad, de guerra en el monte, de injusticia, y de opresión.

Cuan diferente era el espíritu triunfalista de los vencedores de aquellos primeros intentos de reforma política, de aquellos días del Madrid del “No Pasaran”, de la Barcelona que se autogestionaba y que con su esfuerzo abastecía y organizaba todo el frente de Aragón, del cinturón de acero de Bilbao, el tiempo de la palabra había terminado solo quedaba el silencio. Un silencio, duro, sombrío, que tuvo a toda Españ silenciada por treinta y siete largos años. Estas líneas van dedicadas a todos los que tuvieron las agallas de luchar, en los montes, en las ciudades, que se organizaron contra el tirano, a los y las que defendieron su identidad sexual,  a los que se atrevieron a pensar de forma diferente a la oficial, a todos los que desde el exilio soñaban con un amanecer democrático para España. Sin ellos la España de hoy solo sería un sueño.

 

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